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Infojus Noticias

14-6-2014|10:30|Memoria Capital FederalProvinciales
Los desaparecidos judíos representan el 13 por ciento del total de 30 mil

“Ser judío en los años setenta”: historias de una comunidad perseguida

Se trata de un libro recién publicado que escribieron el rabino Daniel Goldman y el periodista Hernán Dobry. A partir de testimonios, describen una época con encrucijadas éticas, compromisos y padecimientos. También recupera la importante tarea de Marshall Meyer durante la dictadura. “La función real de la memoria es incomodarnos”, dice Goldman.

  • Fotos: Archivo Hasenberg-Quaretti
Por: Vanina Escales

Los números despersonalizan, no tienen nombres sino que invitan a pensar dimensiones. El escritor Antonio Dal Masetto intentó imaginar la extensión longitudinal que los desaparecidos registrados por la Conadep en el cuento “Recordar”. Un anciano le pregunta desde la mesa contigua de un bar si leyó el Nunca Más. Le dice el número de desaparecidos registrados y pregunta: “¿Esa cifra le dice algo? ¿Sería capaz de imaginar 9.000 pares de zapatos?”. En el cuento intentan hacer el recorrido de 9 mil cuerpos acostados en el suelo, uno a continuación del otro por avenida Rivadavia. Cruzaban la avenida General Paz.

Más cálculos. La comunidad judía argentina constituye el 0,5 por ciento de la población. Los desaparecidos judíos son el 13 por ciento del total de los desaparecidos. No hay proporciones, hay preguntas. ¿Hubo una orden antisemita escrita por los genocidas? ¿Fue necesaria una orden? ¿Hasta qué punto un antisemitismo instalado en la cultura no necesitó órdenes explícitas?

Daniel Goldman se ordenó rabino con poco más de 25 años y al poco tiempo de estrenada la democracia argentina. Influido por su maestro Marshall Meyer –miembro de la Conadep y uno de los fundadores de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH)–, Goldman es actualmente el vicepresidente de la APDH. Además, es rabino de la comunidad Bet-El, donde Meyer escondió en 1978 bajo el púlpito de la sinagoga los folios con listas de desaparecidos y denuncias de violaciones a los derechos humanos que la APDH venía investigando y que no podían caer en manos de los dictadores. Con ese influjo, desde la adolescencia vivida en dictadura, Goldman tiene una trayectoria en la militancia por los derechos humanos. El libro Ser judío en los años setenta (Siglo XXI) intenta ser un balance de esa historia y una apelación a la memoria.

–¿Cuál es la función del testimonio en la construcción de la memoria?

–En principio cada uno percibe lo que está preparado para percibir. No toda realidad es la verdad, vamos a contradecir al General, sino que la realidad es una construcción social ideológica. En virtud de esto es cómo uno va construyendo la memoria porque toda memoria se construye desde el presente. Entonces hay momentos en donde el presente permite mirar para atrás y hacer ciertos saltos ideológicos y hay momentos donde el presente no lo permite.

–¿Quién da testimonio tiene conciencia de un deber para la comunidad?

–Sin duda alguna. Dar testimonio es brindarse. Dar testimonio es despojarse de determinadas cosas que a uno le pasan en el alma, en el espíritu y dar testimonio es un acto de heroísmo, porque cuando uno da testimonio se compromete.

–Hay algo del orden de la responsabilidad.

–Sí, y eso significa “dar respuesta”. Implica, por tanto, que haya preguntas, que pueden estar establecidas desde afuera o desde adentro. Es decir, hay una necesidad de cuándo tengo que contar yo esto. Hay un pensador judío llamado Soloveichik que dice que hay una diferencia entre el dolor y el sufrimiento. El dolor es un elemento del orden biológico, el sufrimiento es una categoría existencial. Y el sufrimiento implica siempre tener la posibilidad de encontrar “un auditorio”, alguien que escuche la vivencia que tengo para relatar. Ese modo de testimonio es lo que le da sentido de categoría de pensamiento al sufrimiento.

–¿Cómo fueron haciendo el libro?

–En esto tengo que agradecer a Hernán Dobry que es el más ordenado. Tiene que ver con una serie de capítulos que siempre nos interpelaron. La comunidad judía representa el 0,5 por ciento de la población general. En términos estadísticos se toma como un cuarto de un margen de error porque el error en términos estadísticos es del 2 por ciento. La comunidad judía representa un cuarto del margen de error. La cantidad de desaparecidos judíos representa el 13 por ciento. Lo que intentamos desmenuzar es cuál es la razón de esta desproporción. Si tiene que ver –y lo digo a propósito– con el margen de error que es lo que molesta: el error implica siempre tratar de corregirlo, desde qué lugar el judío tiene que ser corregido para que no sea más margen de error. O, por otro lado, si existió una política oficial antisemita.

–Massera dijo que había tres judíos peligrosos: Einstein, Freud y Marx.

–Nosotros no podemos demostrar que existió una política oficial de desaparición judía. Es decir, no hay documentos que demuestren esto. Yo hace años atrás fui a declarar ante el juez Baltasar Garzón por el tema de los desaparecidos judíos. Lo que tratábamos de demostrar es que hubo algún tipo de política oficial. Pero por otro lado existió una carga ideológica muy fuerte establecida desde un lugar cultural. La población argentina de la época estuvo vinculada, en general, a ciertos aspectos de la iglesia preconciliar, el ejército argentino tenía como modelo el ejército prusiano, y también el liberalismo del siglo XIX ya estaba impregnado de antisemitismo. Y desde ahí uno puede sostener que, aunque no existan los documentos, había un caldo de cultivo.

–¿Cuáles son los efectos del testimonio en estos escenarios distintos como el jurídico y el comunitario?

–El jurídico siempre tiene una dificultad en la medida en que no tome una carga sociológica. En el mundo del derecho hay una gran discusión tanto del derecho positivo como la vertiente del derecho natural y de la vertiente de la sociología del derecho, donde muchas veces lo que no se registra es la atmósfera que se vive. Lo que tratamos de mostrar en el libro, a diferencia de muchos historiadores que trabajaron el tema es justamente expresar el clima de época, que se hace desde una subjetividad.

–¿Cuál es el valor del zajor –lo recordado– en la comunidad judía?

–Yo trabajo mucho el tema de la memoria y del zajor. El libro de Yerushalmi [Zajor: La historia judía y la memoria judía. Primera edición en inglés de 1982] es un aporte fundamental para volver a colocar la idea de la memoria en la superficie. Pero hay un punto donde si no se comprende que la memoria se construye desde el presente, y ese presente tiene un tinte ideológico, siempre vamos a caer en el concepto de que toda memoria es el fiel reflejo del pasado.

–Como si fuera un trabajo de arqueología.

–Claro. Entonces hay una moda que denuncia Enzo Traverso. Él dice que a fuerza del uso del concepto de memoria, uno va gastando la palabra memoria y la tergiversa de modo tal que lo hace no es memoria sino una adaptación ideológica a la realidad. Por eso la memoria me parece que siempre tiene que estar en un lugar crítico, no en un lugar de complacencia. Tenemos que sentirnos interpelados por la memoria y no acomodados por la memoria. Su función real es incomodarnos.

–Volvemos a las preguntas.

–En definitiva es “qué estás haciendo vos con tu presente, no con tu pasado”. Creo que es eso que Walter Benjamin define como las voces silenciadas de la historia. Cuando nos sentimos muy cómodos en democracia, a lo que nos tiene que llevar la democracia es a incomodarnos. No a dar por supuesto los supuestos. Me parece que ese es el sentido de alarma que la memoria nos tiene que provocar. Nada ha sido conquistado para siempre y todo tiene que ser puesto nuevamente en discusión, en debate. Vivir en una sociedad pluralista es colocar las cosas en debate.

–La memoria implica, entonces, un ejercicio crítico.

–No podemos escaparnos de la memoria, creo que ese es el punto. Te aparece en algún momento en el inconsciente y vuelve. Y es necesario no escaparse de eso. Ahora, hay una imagen bíblica que es la de la esposa de Lot. Cuando se destruye Sodoma y Gomorra mientras toda la familia de Lot va escapándose, su mujer se queda parada y empieza a mirar la destrucción. La lava la toma y se convierte en estatua de sal. La sal en el mundo antiguo tiene la característica de ser lo conservante. Ella prefería mirar al pasado y vivir el pasado como si fuese el futuro. No por momentos darse vuelta a mirar y tener un sentido crítico de la realidad que le tocaba vivir y también un sentido crítico del pasado. Me parece que colocar eso en el nivel de la crisis implica tener algún tipo de relación con lo que uno sueña, con lo que uno imagina, con las utopías.

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