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14-6-2014|11:15|Redes sociales Opinión
Etiquetas:
Redes sociales y Justicia

Con Facebook también se hacen investigaciones criminales

Durante los saqueos de diciembre muchos fiscales pasaron horas frente a sus computadoras: allí estaban autoincriminándose los que horas antes desvalijaban un comercio. Para la investigadora Ingrid Sarchman “no sólo se trata de que el secreto queda develado por el mismo criminal, sino que más bien la práctica de la exhibición se impone por sobre el acto punible”.

 

En la serie “Criminal minds”, un ecléctico equipo del FBI se ocupa de resolver crímenes elaborando perfiles psicológicos para definir primero y apresar después al criminal de turno. Una de las integrantes es Penélope García, excéntrica hacker, que según se va mostrando en las distintas temporadas fue reclutada por el FBI luego que se metiera de manera ilegal en los sistemas gubernamentales.  Uno de los episodios la muestra negociando su “probation”. En el diálogo, su interlocutor y futuro jefe, pone en juego la famosa frase “si no puedes con ellos, únete”.

Ella, al principio, una dark outsider, exageradamente gótica y antisistema, acepta, desconfiada, porque su otra opción es la cárcel. Por suerte para ella y para el orden gubernamental, en las siguientes temporadas la veremos desempañarse como el soldado más fiel. Una funcionaria, hecha y derecha,  que en cada caso pone todo su empeño en localizar, a partir del cruce de datos mínimos –un apodo, un registro médico anónimo, o una foto fuera de foco, en el mejor de los casos– el historial completo, completísimo, del sospechoso en cuestión. Para eso, Penélope trabaja en cuarto cerrado con varios monitores, teclados y acceso, claro está, a todas las bases de datos disponibles en el espacio virtual. El modelo así planteado, no hace más que corroborar que cada paso que damos queda registrado en algún lado y ese lugar será accesible a quien tenga los conocimientos suficientes como para entrar en ella.

En los últimos tiempos, esta base de datos que tradicionalmente se elaboraba a costa del ciudadano –que incluso oponía una cierta resistencia, aunque más no fuera simbólica– ha sido complementada por otra,  mucho más próxima a cualquier usuario de internet.

En Facebook, una red social que había sido pensada como un lugar donde reencontrarse con amigos de otras épocas, viró hacia  zonas más complejas. Lo que ocurre allí no es sólo la exhibición de la vida cotidiana, sostenida por el soporte de las imágenes. El invento ha trascendido a su inventor, a sus propósitos y las consecuencias, si acaso se hubiesen propuesto algunas. Sus múltiples usos  tienen un denominador en común: hacen de lo privado un asunto público y ostentan aquello que antes no tenía modo de ser mostrado.

Al contrario de lo que planteamos un poco más arriba, aquí la base de datos –los sucesos íntimos, las fotos de los espacios privados y hasta los estados de ánimo–, son provistos voluntariamente por los propios interesados. Aquella vieja imagen del ciudadano aislado, resistiendo al poder intrusivo del Estado quedó un poco pasada de moda. Ahora el ciudadano (si es que esa categoría puede seguir usándose en los mismos términos del siglo pasado) no sólo se ha vuelto productor de sus propios contenidos, sino que con una conexión a internet y un celular con cámara de fotos las hace visibles en el espacio público virtual, para que otros, desde lugares similares, opinen, comenten, y hasta “compartan” lo publicado.

En este sentido, podríamos proponer dos fenómenos complementarios: si por un lado se acrecentó la exhibición de la vida privada, por el otro se resignificó el concepto de espacio público y sus modos de ocuparlo. La clara división entre lo público y lo privado quedó en entredicho pero no por las razones obvias, sino porque los materiales de uno y otro se confunden constantemente.

El sospechoso de cometer un crimen podría ser buscado y encontrado no sólo por medio de sofisticados procedimientos, sino por las fotos que él mismo ha subido ostentando su botín. Si dicho así parece el argumento de una película cómica de bajo presupuesto, la mala (o buena) noticia es que la realidad, esta vez, supera a la ficción. Y el problema es más complejo de lo que parece. No sólo se trata de que el secreto queda develado por el mismo criminal, sino más bien que la práctica de la exhibición se impone por sobre el acto punible. Aquí lo que llama la atención es cómo se han borrado las barreras que separaban lo escandaloso,  el acto ilegal, del goce que produce su alardeo público. La obscenidad de la exhibición radica allí donde lo punible queda velado por la satisfacción de mostrar el acto.

¿Qué sentido tiene saquear una casa de electrodomésticos con la cara tapada si después el mismo saqueador se sacará una selfie con el celular, también robado, mostrando el LED 60 pulgadas que pondrá en el living de su casa? Que por supuesto también  fotografiará para mostrar lo lindo que quedó en ese espacio –claro está– íntimo. Todo sucede como si la posibilidad del registro fuera una especie de garantía de inmunidad, o peor aún, como si la producción y publicación masiva de imágenes, narcotizara los sentidos y ya no fuera posible establecer reglas claras entre lo que una época percibe como lo bueno o lo malo, ni las consecuencias del acto. Sólo así se explica que el ladrón de una notebook pueda “pedirle amistad” en Facebook a su víctima el día después del robo.

El detalle que olvida el flamante dueño de la pantalla 3D  o el de la computadora de bolsillo, es que en las instituciones, las Penelópes García siguen operando desde cuartos sellados. Sólo que ahora tienen un poco menos de trabajo. Les cuesta menos franquear las barreras que separaban a la ley del criminal, que ponía todo su empeño en ocultarse de ella. Ahora tal vez no haga falta reclutar a los hackers que operan en las sombras. Con mínimos conocimientos y un poco de sentido común cualquiera puede ser encontrado, aún cuando ni siquiera sea buscado. Curiosa época donde las imágenes están tan disponibles como en la góndola de supermercado. Más curioso aún es el modo casi profesional de cualquiera de nosotros para manipularlas, reconvertirlas y usarlas como evidencia ante hechos que siguen siendo punibles socialmente. Curiosa época donde cada uno puede ser el detective, el policía y el juez, sólo que de espacios virtuales. Los reales, por ahora, los siguen ocupando los mismos de siempre.

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