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Infojus Noticias

31-7-2013|13:18|Homenaje Nacionales
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Aniversario

Ortega Peña: el abogado que puso el cuerpo

El 31 de julio de 1974 a las 22 15 el abogado y diputado Ortega Peña salió de una pizzería de la calle Riobamba. Preparaba los homenajes por los fusilados de Trellew. Tomó un taxi y, al bajar, un hombre con una media de mujer en la cara le disparó al menos 23 veces.

Por: Laureano Barrera

A las dos de la mañana de un 31 de julio, hace 39 años, sus compañeros de militancia volvieron sobre el tema: las amenazas arreciaban cada vez más y tenía que cuidarse. Rodolfo Ortega Peña los desairó como lo hacía siempre: esa era la única manera que tenía de hacer las cosas por los que más lo precisaban. Y para cortar el tema, en la madrugada del día en que sería asesinado por la Triple A, en la mesa de una pizzería, soltó una frase:

-Y en definitiva, la muerte no duele.

Ortega Peña nació en 1935 en una familia de clase media antiperonista. Su padre era abogado de empresas, como él podría haberlo sido, y expresaba las contradicciones de la época: mientras la familia vivaba el derrocamiento del “tirano” y las bombas  llovían sobre la plaza de Mayo, el jefe de la casa cada año se llevaba a su prole los tres meses a veranear a Europa.

En su juventud, Ortega Peña “hizo una ruptura con su historia política y familiar, que es la de una gran porción de la juventud de clase media”, contó a Infojus Noticias Pablo Waisberg,  autor junto a Felipe Celesia de “La ley y las armas”, la biografía publicada por editorial Aguilar. Su primera militancia política es en el Partido Comunista. Lo hace porque lo ve como el espacio más revulsivo para su propia familia. Pero ya en el inicio de los 60’ se acerca a los grupos de la resistencia peronista”, explicó Waisberg.

Ortega Peña entró a militar en la Facultad de Derecho, donde los sillones de las salas de profesores eran de cuero negro sofisticado, como los de un palacio. El joven aprendiz  ya tenía una visión crítica sobre la formación alienante. “La enseñanza del derecho venía practicándose de una manera monocorde con el proyecto neo colonial en el cual la universidad toda estaba inmersa. Esa doble dimensión de transmitir la ideología de las clases opresoras y al mismo tiempo insensibilizar al estudiante a todo momento concientizador, transmitiéndole en cambio la visión de científico “aséptico”, se hizo manifiesta en la pedagogía de los juristas del derecho argentino”, dirá el abogado laboralista unos años más tarde.

Cuando se recibe, conforma un grupo de abogados laboralistas junto a Eduardo Luis Duhalde. Un tiempo después, el  colectivo se institucionalizará en la llamada “gremial de abogados”. “Ellos se meten en la UOM, que era el gremio más poderoso del momento, y no por casualidad, sino porque creían en una militancia de poner el cuerpo, no como una denuncia alternativista sino como una forma de acceso al poder real”, contó Waisberg. “Ellos creían que podían influir a Vandor. No sé si lo hicieron”.

En 1966, cuando “El Lobo” se muestra en primera fila en la asunción de Juan Carlos Onganía, Ortega Peña rompe con el vandorismo y se repliega a una etapa de mayor producción intelectual. Fundan junto a Duhalde la editorial Sudestada y publican doce libros. Entre ellos, la que quizás sea su obra más importante: el análisis del empréstito de Baring Brothers, un modelo que se replicaría, como tragedia, a lo largo de la historia argentina y que sería la base de la fenomenal deuda externa. Durante la dictadura de Lanusse, Ortega Peña se volcaría definitivamente a la faena que terminaría en su muerte: la defensa jurídica de presos políticos y la militancia.

El 31 de julio de 1974, a las 22 15, salió junto a su pareja Helena Villagra de una pizzería de la calle Riobamba. Había tenido una jornada en el congreso, donde era diputado, y preparaba junto a otros compañeros los homenajes por los fusilados de Trellew. Tomó un taxi a Carlos Pelegrini y Juncal. Cuando bajó, un auto que los perseguía frenó y un tipo, con una media de mujer en la cara, accionó su metra y soltó una ráfaga con al menos 23 disparos. Ocho dieron en la cara. Años más tarde, el comisario Almirón se ufanaría en un bar de Madrid, de haber sido el sicario del primer asesinato firmado por la Triple A. El crimen de un abogado que puso el cuerpo.

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