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Infojus Noticias

5-8-2014|17:02|Libro Nacionales
Funcionó en las afueras de La Plata

Laura Carlotto: vivir y parir en La Cacha

Laura, la hija de Estela de Carlotto y madre de Guido, pasó varios meses embarazada en el centro clandestino La Cacha. María Eugenia Ludueña, periodista de Infojus Noticias, escribió el libro "Laura". En este capítulo cómo fue el cautiverio.

Por: María Eugenia Ludueña

María Laura (Bretal), en la “cuevita”, se descompensa apenas Rosita empieza con contracciones y dolores fuertes. Rita (el apodo con que la conocen a Laura Carlotto en La Cacha) parece dueña de una fortaleza especial. No se altera ese 18 o 19 de junio de 1978. Es difícil mantener el conteo de los días. Trata de tranquilizar a sus compañeras. Los guardias están en la cocina, a pocos metros. Toman vino y hacen chistes. No tie-nen apuro en trasladar a Rosita. “¡Vamos compañeros, griten todos! ¡Hagamos algo! ¡Ya va a parir!”, gritan Rita y la Gringa y contagian al resto de los compañeros.

Cuando Rosita se empieza a poner pálida y tambaleante, los guardias se asustan. Dicen que la llevan a atender al Hospital del Penal de Olmos, situado a pocos metros.

Días más tarde del traslado de Rosita, un guardia informa a Rita y a María Laura: “Tanto que se preocuparon, Rosita llegó a tiempo. Fue un varón. Madre e hijo salieron en libertad”. Después, el hombre se lamenta, jocoso: todo se desencadenó tan rápido que los guardias no hicieron a tiempo de comprarle un ajuar de regalo para el bebé.

Rosita tenía tres hijos que nunca más supieron qué paso con ella.

Con Rita sí hacen a tiempo de comprar la ropa. Don Eduardo, el que ellas creen es el administrador de La Cacha, llama a Rita a su despacho. Abre una bolsita y le muestra el ajuar nuevo de recien nacido. “¿Viste? Todo blanco, como vos querías, ¿no es precioso?”. Rita le cuenta la escena a María Laura, y a ella estas situaciones le dan miedo.

Las contracciones dolorosas sobrevienen un sábado. Rita pasa la tarde caminando por La Cacha, se le exacerban las sensaciones, atraviesa el dolor. Practica las respiraciones, como le enseñó Rosita. Los compañeros piden por ella a los guardias. Que por favor no la hagan esperar hasta el último momento. María Laura (Bretal) se pone muy mal, como cuando Rosita empezó el trabajo de parto, exactamente una semana antes.

-Tuve un ataque de nervios, de llanto. Desde la cuevita de arriba, donde yo estaba, la escuchaba a Rita abajo, contenida por la Gringa. Estábamos todos llamando a los guardias, Carlitos Yunk y Bigotito Bonafini gritaban. Los guardias se cagaban de risa. Era sábado, estaban ocupados, no tenían muchas ganas de salir. Tardaron bastante en llevarla- contará María Laura.

Al día siguiente, el país está exultante. La selección argentina juega con el equipo de Holanda la final por la Copa Mundial de Fútbol. La delegación de fútbol de Suecia ha llevado su solidaridad a las Madres de Plaza de Mayo en la ronda de los jueves. Montoneros se ha propuesto no boicotear el torneo, sino realizar una serie de actos en el exterior y en el interior.

A menos de mil metros de donde los jugadores de fútbol patean la pelota el día de la final –en el estadio de River Plate– sigue funcionando el centro clandestino de detención más grande de América Latina, la ESMA, otro sitio emblemático de los partos clandestinos. Con mucha menos información, Laura alguna vez le ha comentado a sus compañeros que creía que la iban a llevar a parir ahí cuando empezara con las contracciones.

En La Cacha, los guardias siguen el partido final con la radio a todo volumen. A los detenidos en las celdas de arriba les llega el griterío con que festejan los goles. Los de arriba no celebran. Con cada tanto que anota Argentina, la pena es mayor.

*
En la casa de los Carlotto el clima es tenso. Estela y Guido siempre tratan de preservar, con todo lo que ya ha pasado, a Remo. Pero el menor de los hermanos percibe el clima en el living de su casa, con el televisor clavado en el partido la final.

Mi papá era el que más conciencia tenía de lo que significaba que no llegaran noticias de Laura –dice hoy Remo–. Lo había experimentado en carne propia. Mis viejos gritaban para que Argentina perdiera el partido. Mis tíos, que se habían jugado la vida llevando a Paraguay a Claudia, festejaban a los gritos los goles. Mi mamá no podía siquiera ponerse de acuerdo con su hermano.

El país se prepara para salir a las calles a celebrar la Copa del Mundo. La delegación holandesa se niega a recibir la medalla de plata por el segundo puesto de manos de Videla. Antes de la final, sus integrantes ya se han acercado a participar de la ronda de las Madres de Plaza de Mayo para conocerlas.

*
Un par de días después, uno de los guardias de La Cacha comenta a los secuestrados que Rita había dado a luz a un varón.

–Dijo que estaba todo bárbaro, que el bebé se lo habían dado a la familia y que a Rita la iban a enviar a una granja. Como a los cinco o siete días nos enteramos que la habían traído de vuelta a La Cacha, pero no estaba en el edificio. Seguramente fue la Gringa la que se enteró, porque le llevaba la comida. Rita estaba en el chalecito. Tenía prohibido el contacto con nosotros –recuerda María Laura.

Rita se las ingenia para regresar a conversar con los detenidos en el edificio central de La Cacha. Les cuenta: ha pasado los últimos días sola, sin su hijo. Cree que la han llevado a pa- rir a un hospital militar, bastante alejado. La han hecho subir a una habitación en ascensor. Ha visto guardias armados custodiando la puerta del cuarto donde la internaron. Al correrse la capucha, llegó a ver la copa de los árboles por la ventana, y calculó que estaba en un piso superior, segundo o tercero. No creía que fuera la ESMA, les dijo. Por el uniforme de sus custodios, le pareció un hospital vinculado al Ejército. Parió engrillada y encapuchada, y aunque no lo tuvo por cesárea, nadie podría llamarlo un parto normal.

Había sido un varón. Le había susurrado al oído su nombre, “Guido, como tu abuelo”. Lo había acunado en sus brazos, en- tre tres y cinco horas, calculó. Se había guardado su olorcito a recién nacido. Más tarde le pidieron que entregara al bebé, Rita se resistió, abrazó al hijo sobre su pecho. Llamaron a un médico, le pusieron una inyección. Al despertar de ese sueño químico no recordaba cómo había salido de la habitación ni cómo había llegado de nuevo a La Cacha. Preguntó por el bebé. Le dijeron que se lo habían entregado a su mamá. Que la señora Carlotto lo había aceptado, pero les había dicho que no quería saber más acerca de su hija. Para consolarla, Villa le había dicho que su liberación estaba cerca.

–Ella nos contó después que estaba con los pechos a la miseria, porque no lo llegó a amamantar casi nada.

En el Juicio por el Plan Sistemático, uno de los fiscales le preguntó a María Laura Bretal si había diferencias entre la situación de la mayoría de las mujeres y la de Laura Carlottto.

–Todas pasamos por violaciones sexuales y abusos de todo tipo. Nos bañábamos desnudas, con la puerta abierta, Rita también. Estas vio- laciones eran parte de un plan sistemático de apropiación del cuerpo de las mujeres. El cuerpo de las mujeres era un campo de batalla dentro del campo de concentración. Vivíamos entre el terror y la parálisis: mañana me toca a mí. Rita seguramente pasó por la tortura en los primeros días, como todos. Pero con el correr del tiempo su situación cambió. Estaba planificado que le iban a robar el hijo. Si le daban una naranja, separaba los gajos y los iba repartiendo entre todas.

Desde que Rita está en el chalecito, Villa no la visita tan seguido. Las pocas veces que se acerca, intenta tranquilizarla. “Ya te dije, te vas a ir muy pronto, a una granja”. María Laura es la única embarazada que queda en La Cacha y no aguanta más los nervios. No se le pasa el tiempo. Le pide a un guardia si puede conseguirle una madeja de hilo y una aguja de cro-chet. Trata de tejer. “¿Qué estás tejiendo? ¿La capuchita para tu bebé?”, le pregunta otro.

*

El 18 de julio llega a La Cacha Norma Aquin, embarazada de dos meses, junto con su madre y tres hijos. La torturan salvajemente durante varios días: buscan a su ex marido. La arrojan al sótano. Primero liberan a los hijos, después a su madre. A Norma la internan al borde de la muerte en la cárcel de Olmos. Después la traen de regreso a la habitación donde duerme Rita con la Gringa.

Recuerdo a Rita como una persona muy callada –dirá Norma Aquin–. Por la situación que estábamos pasando no era de hablar mucho. Me pareció una chica introvertida, inteligente, muy capaz. Pero ahí estaba como apichonada. La Gringa la cuidaba y la consolaba, y cuando no estaban los guardias la abrazaba. A la Gringa, que tenía una hija discapacitada y vivía preocupada por ella, la hacían trabajar en el centro con la promesa de liberarla. Ella sí se movía siempre sin capucha. A nosotras nos tocó la peor época de La Cacha. Recién a mediados de septiembre aflojó un poco.

Los fines de semana a la tarde son más tranquilos, porque hay guardias que les permiten quitarse la capucha. Ellas aprovechan para conversar.

Rita me hablaba de su bebé –recuerda Norma–. Me decía: “No sabés, tiene unos ojos hermosos, es medio frentón, nació con poquito pelo”. Rita repetía que su gran anhelo era abrazar a su hijo, ver a su mamá. Lo decía todo el tiempo. Estaba muy convencida de su militancia pero, por cómo hablaba, después que nació su hijo quizás me dio la sensación de que sentía un poco de culpa. Tuvimos un mes para conocernos y en esa situación éramos como hermanas.

Cuando Norma se recupera, la vuelven a torturar. Después la llevan a una pieza de arriba, desde donde oye cómo la violan a la Gringa, que es la que se ocupa de curarla, la que le prepara mate cocido, lo único que puede beber con la boca tan lastimada. La Gringa le pide a Norma que cuando salga se comunique con su compañero. Norma será la última en ser liberada. Mucho tiempo después, se cruzará con Estela, la verá marchar junto a otras madres por la Plaza Moreno, con la foto de su hija en alto. Sentirá que esos ojos la miran directamente a ella. Entonces sabrá que es la madre de Rita y se acercará a ella.

*

Durante las primeras semanas, María Laura ha pensado en una sola idea: fugarse. Cuando no la veían, hacía gimnasia para estar en forma, contaba los pasos hasta la escalera, de la escalera al baño, del baño al cuarto donde estaban las armas. No sabe tirar pero es capaz de atreverse: se quiere ir antes del parto. Con una panza de siete meses abandona el plan que la mantuvo ocupada. Comprende que no va a poder salir. Por esos días llegan a La Cacha dos compañeros nuevos, un matrimonio santafesino. Rita no aguanta más. Se quiebra. Todos la escuchan. Empieza con un sollozo y se prolonga como un llanto terrible, desesperado, a los gritos. “Esto tipos me están boludeando. No me van a liberar. No me voy a encontrar con mi hijo”, llora Rita. La Gringa trata de levantarle el ánimo, como hacen siempre. Pero no hay consuelo. Rita está
triste, apagada.

A fines de julio, María Laura pierde las esperanzas de parir afuera. Pero Daniel, su responsable, la lleva a la sala de guardia. Esta vez no la interrogan ni la violan, le avisan que la van a liberar en unas semanas. En dos oportunidades le han dicho lo mismo, le han pedido que escriba una carta a su familia, con un revólver apuntándole a la sien. Pero ahora quiere creer que es cierto.

Dos semanas más tarde, después de vivir ocho meses con los mismos pantalones y el mismo pulóver, le entregan ropa nueva. Los compañeros detenidos le regalan una canción de despedida. Un bolero famoso del trío Los Panchos, Sin ti, dedicado especialmente. María Laura lo recuerda y lo canta con voz muy suave:

Sin ti, no podré vivir jamás, ni pensar que nunca más, estarás lejos de mí, Panzona. Es difícil vivir
como inútil será el poderte olvidar sin ti, Panzona, no podré vivir, Panzona.

Cuando alguien se iba todos celebrábamos. Me acuerdo que festejé cuando sacaron a dos compañeros, Lucía Suica y Jorge Carabelo. Dije: “Qué suerte, cómo los liberaron”. Después de salir me enteré que les habían fraguado un enfrentamiento y los habían matado.

Un guardia la conduce por el túnel que va al chalecito. Durante tres horas escucha indicaciones estrictas de cómo debe vivir. No podrá salir del país ni de las inmediaciones de La Plata, ni volver a trabajar en educación. A la una de la madrugada la liberan. Su calvario no ha terminado, no es completamente libre pero está afuera, bajo el cielo estrellado, y su bebé nacerá en libertad.

*

Rita está cada vez más impaciente. Su caso se encuentra en revisión, le dicen que pronto tendrá novedades. En esos días ha llegado bastante gente y se mantiene ocupada haciendo curaciones, pidiendo medicamentos. Tratando de auxiliar a los que están peor que ella. Luis Córdoba y Alcira Ríos son esa pareja de santafesinos que llegó hace poco, tienen más de 30 años. Rita oye cómo los torturan y pide permiso para acercarse a socorrer al hombre, al que han arrojado sobre un elástico de metal, sin colchón. Es evidente que lle- gó brutalmente torturado y lo han dejado en un tabique del primer piso.
El periplo de Luis, periodista y delegado de la CGT de los Argentinos, y su mujer, abogada de gremios combativos, ha empe- zado en Santa Fe. Habían dejado la ciudad a orillas de la laguna

Setúbal cuando las Tres A empezaron a revolear cadáveres. Ha- bían seguido el curso del río Paraná y recalado en San Nicolás. Vivían con sus dos hijos chiquitos y habían sido secuestrados de su casa en la madrugada del 27 de julio de 1978. Los habían trasladado a un centro clandestino de detención de la zona, donde durante dos días los habían torturado salvajemente.

En la madrugada del 29 de julio llegan a La Cacha. El vehículo frena en el portón de entrada ante la voz de alto. Una ráfaga de ametralladora riega de balas el aire helado. Después, las risas. Es el chiste de bienvenida con que los guardias de la garita de La Cacha saludan a los recién llegados.

A Alcira la llevan a una cueva. Le tiran una colchoneta, la engrillan de manos y pies a la pared. A su marido al principio no lo torturan. Las autoridades de La Cacha creen que, en el deplorable estado en que está, ni siquiera hará falta matarlo. Pero cuando empieza a recuperarse, vuelven a torturarlos aél y a su esposa. En esos primeros días en su cueva, Alcira oye dos voces femeninas que le llegan de abajo.

–Mirá a estos animales lo que han hecho con este muchacho –dice una.
–Traigan antibióticos, vendas –pide Rita a los gritos–. Tiene el cuerpo destrozado, parece que le hubieran ti- rado ácido en la espalda, toda llagada. Mirá esta herida en la cabeza. Qué bestias.

Alcira no puede prestar más atención porque llega a interrogarla un miembro de los Servicios de Inteligencia. Quiere saber si ella es del ERP o Montoneros. “No sé de qué hablás”, responde Alcira. Otro guardia le quita la venda que le habían pegado en los ojos, y se la cambia por una capucha gastada, que le permite ver algunos movimientos. Al rato se apersona un hombre grande, vestido de militar. “Soy Eduardo. Te advierto que los guardias están para cuidarlos a ustedes. Si te manosean, me decís a mí. ¿Estamos?”, dice y se va.

Al rato llega una joven y se sienta a su lado. Es una de las voces que escuchó auxiliando a su esposo.

–¿Cómo estás? –le pregunta.
–Por ahora bien.
–Me llamo Rita. ¿Cómo te llamás?

Alcira se mantiene en silencio. Desconfía.

–Soy una detenida como vos. Tranquila. Pero mejor ven- go en otro momento, si me ven hablando con otra dete- nida me pueden a sancionar. No debería estar acá –le dice Rita y se va.

Al día siguiente, un guardia conduce a Alcira a una oficina. Allí la espera una voz conocida. “Ya me conocés, soy Rita. Tengo que hacerte unas preguntas”. Rita le explica que a pedido de las autoridades de La Cacha la obligan a llenar una planilla con el nombre, domicilio, profesión de padre, madre, herma- na, cuñada, hermano.

–Mi hermano falleció.
–Igual. Piden los datos de todos. Hasta de los muertos –dice Rita.
–Entonces saben a quién tienen.
–¡Claro que saben! Saben todo. Esto no lo cierran más. No sabés la guita que circula por acá.

Una vez que terminan con el trámite, Alcira le pregunta si ahí están los desaparecidos de los que se habla. Rita le dice que algunos están, que tiene la sensación de que eso no va a parar. Que tal vez algún día se sepa la verdad. Ella lleva nueve meses. Le cuenta su historia. Que militaba en Montoneros, con su compañero tenían la prensa de Capital.

–¿Por qué lo mataron así?
–No sé, debe haber sido por los cargos que tenía.
–¿Y qué hacen con los muertos? –pregunta Alcira.
–Parece que les echan gomas de caucho y los queman.

Alcira pasa esa noche sintiendo cómo las lauchas le cami- nan por la cabeza. “Qué suerte que tengo capucha”, piensa. Al día siguiente otra chica se acerca a su cueva, “Chispi”. Le señala un pequeño agujerito en la pared. “Yo estoy arriba, en mi cama. Cuando se hace silencio, pongo la boca contra el suelo, y te cuento las cosas que pasan. Te paso los mensajes de tu marido. Así no se pisan en las respuestas”.

Rita le advierte a Alcira que algunas guardias son más permisivas que otras, especialmente las de hombres mayores como los del Ejército. “Cuando venga Don Otto le vamos a pedir que te dé permiso para salir de la cueva”.

Don Otto, el guardián, le quita los grilletes. Alcira se acerca a hablar con Rita y la Gringa.

*

Después que logran recuperarse de los primeros días de torturas, Alcira y su marido entablan relación con los detenidos. Los más jóvenes los escuchan con atención, los ven más maduros y experimentados. Alcira y Rita conversan siempre que pueden:

–¿Vos podés creer que estos hijos de puta me compra- ron un jean y una campera para salir a marcar? Se creen que voy a señalar a alguien.
–¿Y qué hacés? –pregunta Alcira.
–Nunca lo haría. Miro vidrieras. Además, La Plata es tierra arrasada.

Ahí abajo, en el sótano, también está María Inés Paleo, ar- quitecta y madre de un bebé de diez meses. El primer día le dan una paliza que la deja muy golpeada. Rita y la Gringa se indignan cuando la ven: increpan a Don Otto. “¡Mire lo que le han hecho a esta chica! ¡Usted aunque se haga el bueno es igual a todos estos hijos de puta que están acá!”.
Son días en que Rita pide permiso para bajar al sótano a atender a sus compañeras nuevas, a llevarles un plato de comida, a curar heridas. Norma Aquin, María Inés Paleo, Alcira Ríos, Luis Córdoba y María Laura Bretal son los únicos sobrevivientes de 1978 en La Cacha. Declaran en todos los juicios. Cuentan que a la primera que liberan de ellos es a María Inés, que sale el 15 de agosto.

Laura no es que estuviera bien, ni fuerte ahí adentro. Pero a pesar de todo trataba de darme ánimo. A veces la hacían barrer o servir la comida y aprovechaba para acercarse –dice María Inés.

*

Después de que salió María Inés, llegó el traslado de los chi- cos que habían traído de la base de submarinos de Mar del Plata: entre otros, Chispi y su esposo, “Vizcacha”. Les dijeron que los iban a llevar a la ESMA para la liberación. Nunca más los vieron. Rita se angustia profundamente ese día. Se acerca a abrazar a Chispi. Es en esas noches cuando se quiebra en llanto. Alcira la percibe al borde de un ataque de nervios.

–Rita, calmate –le dice la Gringa–. Así no solucionás nada. Tenemos que sobrevivir.
 –¡Qué me decís! Me quitaron a mi hijo y no sé dónde mierda está. Me dicen que mi vieja no quiere saber nada conmigo. Me tienen acá hace meses. Mataron a mi compañero. Me están boludeando. ¡Cómo no me voy a poner así! No aguanto más.

La Gringa insiste en que hay esperanzas. Ella tiene acceso a unas listas de las que deduce que los “irrecuperables” suelen ser los militantes del frente militar y político de las organizaciones. A los que trabajan en el frente sindical, como Alcira, o en prensa, como Rita, muchas veces los liberan.

Para levantar el ánimo cantan. El viejo Matías y Mujer, niña y amiga, dos himnos. A veces se encierran en el baño a hacer cinco o diez minutos de gimnasia, solo si están los guardias flexibles. Los que, en esa extraña relación que se establece, les preparan a escondidas un salpicón de ensalada y restos de asa- do porque la comida que llega del penal es exigua o pésima. Uno de ellos se entera de que Bigotito Bonafini tiene una hermana que ese día cumple quince años. Trae un bizcochuelo en polvo que Rita y la Gringa preparan para compartir entre todos. Cuando los dejan hablar entre ellos, los detenidos se entretienen jugando a que uno piensa en un personaje, y los demás, a través de preguntas y respuestas, deben adivinar quién es.

Por los movimientos de gente, Alcira tiene la sensación de que el lugar está siendo desmantelado. También le parece que los que llevan más tiempo están resignados, no piensan en escaparse. En esos días sale María Laura, la Panzona. Una semana más tarde Rita reparte el mate cocido con otra cara. Alcira la ve más animada.

–¿Sabés una cosa? Me dijeron que van a venir tres jefes de la Marina y me van a interrogar nuevamente a ver si ya estoy lista. Recuperada.
–¿En serio? ¿Cuándo?
–Mañana vienen. Después te cuento.

La encapuchan y le engrillan las manos por detrás de la espalda. La llevan al chalet de la tortura y la hacen pasar a la oficina. Rita distingue que son tres voces diferentes, no las de La Cacha. La interrogan, van a revisar su caso y le van a informar.

–Alcira, me mandaron a decir que me van a hacer un consejo de guerra.
–¿Cómo? ¿Te vas?
–Parece. Ellos dicen que en menos de dos meses voy a estar en mi casa, con mi madre y mi hijo.

El jueves 24 de agosto al atardecer, Eduardo, el responsable de La Cacha, llama a Rita a su oficina. Le informa: “Tu situación se está por resolver. Te vas. Te van a venir a buscar. Te llevan a la ESMA. Arman un consejo de guerra donde aparecés como autopresentada. Algo muy corto, sencillo”.

Rita se prepara sin terminar de creerlo. Como es de noche y hace frío, se pone unas medias de nylon verdes debajo de los vaqueros, se abrocha la camperita. Ha pedido a Eduardo un permiso especial para saludar a la gente sin tener que esconderse, tranquila, despedirse de cada compañero camastro por camastro. En la ronda de saludos se cruza con Carlitos Lahitte. Él también está vestido para salir. Le dicen que el juez autorizó su libertad.

–¿Nos vamos juntos?
–Sí, me contaron eso.
–Che, ¿estos no nos irán a cargar a tiros por ahí? ¿No nos irán a hacer boleta?

Hay indicios de que también está por salir Bigotito Bonafini, pero al final Eduardo se niega, enfático. No tiene orden de liberar a Bonafini. Rita se acerca a la cueva donde Alcira sigue engrillada , tirada en la colchoneta, sin poder pararse. Se sienta a su lado. Alcira se corre la capucha.

–Che, yo de vos me quiero llevar algo de recuerdo –dice Rita.
–Ay nena, ¿qué te voy a dar? ¡Si no tengo nada!
– Lo que sea. Dame algo.
–Ay Rita, pero cuando salgas te van a revisar y te lo van a sacar. Lo único que me han dejado es la ropa interior. Es buena, la que tenía puesta. Mirá el corpiño, es de encaje negro. Te lo podés llevar. Cuando salgas y te revisen, nadie te va a poder decir nada.

Alcira se desabrocha el corpiño. Laura se quita la campera y la remera. Se lo pone.
Antes de subirlos al auto los esposan y los encapuchan. Rita va atrás con Carlitos. Algún día, tal vez, se sepa quiénes eran el conductor y el acompañante, el guardia de la garita que les abre la puerta esa noche. El auto avanza lentamente por el camino de tierra. El ladrido de los perros va quedando atrás, lejano.

Rita desconfía cada vez más. Habrá sentido que no era una buena señal que fuera jueves a la noche, que un rato después el auto se detuviera en la mitad del campo. Que aunque la hierba mojada le recordara que seguía viva, el futuro olía a la tierra seca bajo sus pies. Que el tipo que iba a matarla, además de un hijo de puta, era un cobarde. Que ya nunca volvería a sentir el olorcito de su bebé, ni a ver a sus padres ni a sus hermanos. Que con ella no iba ser tan fácil, aunque el tipo la agarrara del brazo con todas las fuerzas. Que era la última vez que el viento la despeinaba. Que todo lo que la esperaba era eso, así. Un destello en los ojos y un cielo muy profundo abrazándola para siempre.

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