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Infojus Noticias

16-8-2014|12:48|Excavaciones Nacionales
Del objeto a la reconstrucción histórica

La memoria amenazada: historia del centro clandestino Club Atlético

El trabajo de arqueólogos, ingenieros, conservadores e historiadores en las ruinas de lo que fue el centro clandestino de detención Club Atlético cumple un rol fundamental en el rescate de la memoria. El lugar y un trabajo de años corren peligro por un proyecto del Gobierno de la Ciudad para ampliar el Metrobús

  • Fotos: Patrick Haar
Por: Juan Carrá

Un pequeño fragmento de cuero marrón rescatado por los arqueólogos del fondo de los escombros es mucho más que el interior de una gorra de la Policía Federal. En lapicera azul, sobre la marca del pespunte, hay escrita una palabra: “NASISTA”. Al lado, el dibujo de una esvástica mal hecha y una cruz gamada poco ortodoxa. Ahora, ese trozo de cuero está en una vitrina dentro del laboratorio arqueológico del Proyecto de Recuperación de la Memoria del Ex Centro Clandestino de Detención, Tortura y Exterminio “Club Atlético”. Mucho más allá de la inscripción, el hallazgo entre los escombros sirve para confirmar el relato de los sobrevivientes: el Club Atlético es uno de los centros clandestinos donde existió mayor saña con los detenidos desaparecidos judíos. No es sólo esa inscripción en el interior de una gorra policial lo que marca esto. Los discursos de Hitler y Goebels a todo volumen durante la tortura son otros elementos que se suman para remarcar el particular ensañamiento y la ideología filo nazi de los represores.

El Club Atlético era un edificio de tres pisos con sótano que funcionó en Paseo Colón entre San Juan y Cochabamba. “El edificio tuvo un uso legal y uno ilegal: centro clandestino en el sótano y, en el resto de los pisos, funcionaba el almacén de suministros de la Policía Federal”, cuenta la arqueóloga Laura Duguine, coordinadora del Proyecto. Como centro clandestino funcionó entre febrero y diciembre de 1977. El lugar fue acondicionado especialmente para tales fines. Después, el edificio entero fue demolido: el “Plan Autopistas Urbanas” impulsado por la dictadura expropió miles de viviendas y produjo un desalojo masivo de familias para la construcción de 15 kilómetros de vías rápidas. El brigadier general Osvaldo Cacciatore, intendente de la ciudad de Buenos Aires durante el período, fue quien impulsó ese proyecto. El edificio donde funcionaba el Club Atlético no fue la excepción: fue demolido y sobre sus escombros se cimentaron los pilares para un tramo de la Autopista 25 de mayo. Debajo de la obra quedaban mucho más que ladrillos y piedras; quedaba parte de la historia del terrorismo de Estado.

No está muy en claro aún por qué a ese lugar se lo llamó Club Atlético. Algunos testimonios dicen que en el edificio había una especie de cartel con la sigla CA. Eso, sumado a que, mientras eran trasladados escucharon que nombran el destino con ese nombre, lleva a pensar que era una forma en clave con la que los represores nombraban al centro clandestino.

En julio de 1996 sobrevivientes del Club Atlético y familiares de desaparecidos comenzaron a señalar a ese lugar soterrado debajo de la autopista como el sitio donde funcionó el terror. Un tótem de siluetas humanas quedó montado para marcar el lugar. A la madrugada fue incendiado. La respuesta militante no se hizo esperar: sucesivas jornadas por la memoria dejaron su huella en el sitio. Pero había que ir pro más: debajo de los escombros estaba la historia. El 13 de abril de 2002, después de mucho peregrinar, comenzaron los trabajos de excavación con fines arqueológicos.

Ahora, doce años después, y con la excavación de un diez por ciento del lugar, parece que todo puede volver a desmoronarse. El gobierno de la Ciudad impulsa para la zona la construcción de un nuevo tramo del Metrobús. Para eso está previsto el ensanchamiento de Paseo Colón. Según el trazado programado, la vía pasaría por encima de las excavaciones. “Los sectores que ya están al descubierto son los que lindan con Paseo Colón: lugares de uso común como baños, enfermería y un pequeño sector de celdas de aislamiento”, cuenta Duguine mientras señala las paredes apuntaladas. Pero el problema podría ser peor: “La parte de mayor interés histórico como las celdas y las salas de tortura, están debajo del talud de tierra de la Autopista y no ha sido excavado para nada”, cuenta la arqueóloga y se preocupa: es que si el Gobierno de la Ciudad pretende cambiar la traza del Metrobús para proteger lo ya escavado y pasarla por detrás, a metros de calle Azopardo, los espacios de mayor importancia histórica quedaría definitivamente soterrados.

Desde enero de este año, el proyecto depende de la Secretaria de Derechos Humanos de la Nación luego del traspaso firmado con el Instituto de Espacio Para la Memoria que dependía de un presupuesto del Gobierno de la Ciudad. Desde la Secretaría se prevé presentar un recurso de amparo para proteger el lugar y preservar la posibilidad de continuar con las excavaciones.

En el primer piso de  San Juan 21, un viejo edificio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, funciona el laboratorio de arqueología que trabaja en el proyecto de excavaciones de Club Atlético. Un laberinto de estanterías sostiene más de 300 cajas con parte de la historia del terrorismo de Estado. Además de arqueóloga Laura Duguine, trabajan Valeria Contissa, conservadora de bienes culturales y Ricardo Andreu, estudiante de historia de la Universidad de Buenos Aires, entre otros profesionales que promedian poco más de 30 años.

Valeria está vestida con guardapolvo blanco y lleva puestos guantes de látex. Se acerca a una de las estanterías y baja una caja plana pero muy ancha. La abre: entre divisores de telas suaves se ven otras telas más rústicas, lastimadas por el tiempo y la historia. “En las excavaciones encontramos mucha ropa civil, sobre todo en la zona del pañol que era donde se guardaba la ropa de los desaparecidos una vez que entraban al Club Atlético”, cuenta Laura mientras Valera exhibe un par de medias cancán azul extendidas sobre la mesa de trabajo.

Cuando los detenidos desaparecidos llegaban al Club Atlético era despojados de todo, incluso de sus nombres. Una letra y un número los identificaba. Por eso números se estima que por ahí pasaron entre 1500 y 1800 detenidos desaparecidos, de esas 212 de ellos, que aún permanecen desaparecidos, fueron identificados. Además, poco más de 100 dieron su testimonio como sobrevivientes. El lugar tenía una capacidad para mantener a 200 personas en cautiverio de forma simultánea. Se estima que por el Club Atlético pasaron catorce detenidas desaparecidas embarazadas y que podrían haber dado a luz. Tres de esos bebés apropiados ya recuperaron su identidad: Juan Cabandié Alfonsín, María Eugenia Sampallo Barragán y Alejandro Pedro Sandoval Fontana. Aún se busca a los otros once.

El sonido indiscutible de una partida de ping pong vive en la cabeza de los sobrevivientes del Club Atlético. A tal punto que cuando se construyó el plano del lugar en base a sus testimonios, la mesa de ping pong quedó retratada igual que las 41 celdas, el pañol, la enfermería, la salas de tortura y “la leonera”, una celda más grande, donde concentraban a los desaparecidos antes de asignarles un calabozo.  Para uno de los sobrevivientes ese sonido constante se convirtió en una tortura más. A la confusión del encierro, los tormentos, las vejaciones, se sumaba el rebote plástico contra la madera. Durante años pensó que podía ser una grabación destinada a enloquecer a los detenidos. El trabajo de arqueología sirvió para espantar ese fantasma. Debajo de los escombros apareció la prueba de que esos partidos eran reales: una pelotita de ping pong confirmaba el relato de los sobrevivientes.

La pelotita se exhibe en una de las vitrinas del laboratorio. Poco más allá, en otra vitrina, están los restos de una lápida de mármol negro. Las letras talladas sobre la piedra y pintadas de rojo dicen que era de Víctor Fernández Palmeiro, militante del Ejército Revolucionario del Pueblo que después de marzo de 1973 fue parte de la fractura del ERP que formó el ERP 22 de Agosto. “El Gallego” fue parte de la acción en la que fue abatido el vicealmirante Hérmes Quijada, uno de los responsables de la Masacre de Trelew. De esa acción, salió gravemente herido por el chofer de Quijada y perdió la vida horas más tarde en un departamento de Barrio Norte. Su cuerpo fue sepultado en el cementerio de la Chacarita. El 5 de junio de 1973 una bomba hizo estallar su tumba.

Miguel D’Agostino, sobreviviente del Club Atlético, recuerda una vez que fue golpeado a mansalva por “El Turco” Julián, uno de los represores más siniestros del Club Atlético. “Cuando ya no podía volver a pararme, en el suelo comienzo a recibir patada tras patada. Eso hacía que me desplazara de un lugar a otro por el piso hasta quedar debajo de lo que para mí era un mueble pesado. Un espacio donde mi cuerpo entraba ajustadamente y de pronto me doy con algo. “El Turco” me pregunta si sabía con qué me había topado. Le respondí que no y me dijo algo así como: ‘es la tumba de Fernández Palmeiro’”, contó D’Agostino. Él no entendió bien lo que le decían. Pero su testimonio completó su significado el día que los arqueólogos encontraron en las excavaciones los restos de esa tumba.

“La colección de objetos es enorme, solo 50 están expuestos, por una cuestión de infraestructura” cuenta Duguine. Entre esos objetos, además de la pelotita de ping pong, la lápida y el interior de la gorra, entre otras cosas, hay una cuchara, un jarrito en el que se le daba la comida a los desaparecidos, cadenas que se presumen de grilletes, envases de comida y monedas –útiles para datar la fecha de funcionamiento del lugar– y también pedazos de paredes.

“Ayudame Señor”, se lee en letras desparejas, arañadas con algo sobre el revoque del tabique que dividía las celdas que estaban en la entrada del sótano. También se ven símbolos como de un conteo, una especie de ábaco que podría marcar el paso del tiempo. Pincel, hisopos, espátulas, lupas y sobre todo la paciencia y la convicción de que en ese trabajo artesanal está una de las claves para seguir recuperando la historia.

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