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Infojus Noticias

Es la primera vez que identifican huesos humanos en un predio militar cordobés

La historia de Lila Gómez Granja, uno de los cuerpos identificados de La Perla

Ana Gómez Granja, hermana de una de las estudiantes de medicina cuyos restos fueron identificados por el EAAF en La Perla, relata 39 años de búsqueda. Siente alivio, pero también dolor. “Ahora que por fin la encontramos, mis padres ya no están”, se lamenta. Según los antropólogos, antes de ser calcinados en los hornos de La Perla, los cuerpos estuvieron enterrados en otro sitio.

  • Fotos: Familia Gómez Granja
Por: Waldo Cebrero

Cuando cumplió 15 años, el 13 de julio 1973, Ana Gómez Granja se puso un vestido rosa y se pintó la cara. Estaba lista para entrar a la fiesta pero su hermana mayor, Lila, se lo impidió: no le gustaba su maquillaje.

–Lila siempre se arreglaba espectacular, yo no. Me encerró en un baño y me pintó como a una puerta– recuerda Ana.

Esa noche también era especial para Lila: iba a presentar su nuevo novio a la familia. Lo había conocido en Córdoba, a donde se mudó para estudiar medicina desde su ciudad, Villa Dolores, al oeste provincial. Lila estaba ansiosa. Unos días antes le adelantó la novedad a la hermana en una carta: “Encontré lo que buscaba, te lo presentó cuando valla a Villa Dolores, es mi regaló de cumpleaños”, escribió. La noche de la fiesta de 15 de Ana, Lila entró del brazo de Alfredo Felipe Sinópoli, “Freddy”, también estudiante de medicina.

–Cuando llegó con Fredy, a papá se le pusieron los pelos de punta, y eso que era pelado. Ese chico era de un pueblo cercano, de San Luis. Tenía una fama de mujeriego que lo precedía en toda la zona.

La relación creció, y  dos años después planeaban comprometerse. Iba a ser el 26 de diciembre de 1975. Tenían los anillos y la ropa lista, pero no pudieron. La mañana del sábado 6 de diciembre, mientras charlaban en el Parque Sarmiento, al pie del monumento de Dante Alighieri, fueron secuestrados junto a otros dos estudiantes de medicina y militantes de la Juventud Universitaria Peronista, Luis Agustín Santillán y Ricardo Saibene, por una patota paramilitar del Comando Libertadores de América (CLA), la versión cordobesa de la Triple A.

Los restos de los tres estudiantes fueron identificados el 20 de marzo pasado, 39 años después, por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Fue en uno de los hornos cercanos a la estancia La Ochoa, emplazada en las 15 mil hectáreas de La Perla, el más grande centro clandestino del interior del país. Es la primera vez que se hallan restos humanos en un predio militar de Córdoba. En La Ochoa, Luciano Benjamín Menéndez, ex jefe del Tercer Cuerpo de Ejército, pasaba sus fines de semana montando a caballo y hasta mantuvo detenidos en cautiverio.

–Según nos informaron los antropólogos, el horno donde estaban los huesos quemados es una tumba secundaria. Es decir que antes estuvieron enterrados en otro lugar como NN. Los llevaron ahí para terminar de borrarlos, querían disolver por completo su existencia y ocultar el crimen –cuenta Ana a Infojus Noticias.

Habla por teléfono desde su casa en barrio San Vicente, Córdoba. Es artesana, tiene tres hijos y más años de los que tenía su madre, Lilia Rosalía Granja, cuando desaparecieron a su hija mayor. Antes de morir, en 2010, la mujer pudo dejar una muestra de sangre, que se usó para confirmar el ADN de los huesos hallados.

"Mis padres guardaban la esperanza de encontrar a Lila. Internamente sabíamos que estaba muerta, pero faltaban sus restos, la confirmación", reflexiona la mujer. El padre murió en 2003 y la mamá en 2010. "Se habían divorciado, pero cuando mamá murió me dijo que la enterráramos en el cementerio de Villa Dolores, donde esta papá. Me dijo: ´Poneme ahí, porque si algún día encuentran a Lila, tenemos que estar los tres juntos´. Era práctica, mi mamá. En unos meses me van a dar los huesitos de Lila. Los vamos a llevar a Villa Dolores".

La Lista del Nabo

Los restos de los estudiantes de medicina fueron encontrados el 21 de octubre pasado por el EAAF. El 10 de diciembre, día de los Derechos Humanos, el militar Ernesto “Nabo” Barreiro entregó una lista con 19 nombres de personas que podrían haber sido enterradas en La Perla al Tribunal Oral Federal N°1, que desde hace más de dos años lleva adelante el juicio por los crímenes cometidos en ese centro clandestino y en Campo de la Ribera. Los cuatro estudiantes estaban en la lista, pero el TOF1 evitó comunicarlo a las familias, para no generar falsas expectativas.

Según la periodista Marta Platia, del diario Página 12, la nómina de Barreiro sería parte de una interna con Héctor Pedro Vergez, alias Vargas. La lista estaría compuesta por víctimas de Vergez y su patota del CLA, todos crímenes previos a la llegada de Barreiro a Córdoba, a fines de 1975. Es decir, en su lectura,  Barreiro le está tirando los muertos a Vergez.

La familia de Ana nunca pudo reconstruir el circuito que siguieron los jóvenes una vez secuestrados. Saben que esa mañana tenían que rendir una materia e iban de camino a la Facultad. Que un Chevy color gris los interceptó y que al que más golpearon era a Freddy. Después fueron a la casa de un familiar y avisaron que tenían a Lila. "Mis padres buscaron muchísimo, tocaron muchos contactos. Pero la única información que consiguieron fue por el testimonio de la sobreviviente Graciela Geuna –dice Ana–. Ella le mandó una carta a la familia de Freddy contándoles que estando en La Perla, el represor Luis Manzanelli los mencionó de manera burlona".

Geuna repitió aquella anécdota ante el TOF1. Según ella, Manzanelli dijo: “Nosotros salíamos del el Batallón 141 y vimos a estos boludos parados ahí, como eran jóvenes y con el pelo largo, los secuestramos y los matamos. Eran duros esos de la JUP, pero en ese entonces los matábamos rápido”. Manzanelli afirmaba que el secuestro fue protagonizado por la patota de Pedro Vergez. Todavía La Perla no era el lugar de destino de los secuestrados desaparecidos en Córdoba, por eso Ana cree que su hermana y sus compañeros fueron llevados al Campo de la Ribera.

Golpear puertas

– ¿Los recibió alguna autoridad durante la búsqueda?

–Por contactos de los Sinópolis y de mi familia, mis padres mantuvieron reuniones con el interventor provincial, Raúl Bercovich Rodríguez, con el secretario de Gobierno y hasta con Menéndez. También los recibió Raúl Telleldín, el jefe del D2 de la Policía. Tenía la orden de Rodríguez de mostrarle los calabozos de las comisarias y los libros de entrada del D2, pero les mostraron los libros desde el 8 de diciembre, no desde el 6. Y antes de pasar por las comisarías, delante de ellos, avisó por radio que un grupo de padres iba a revisar los calabozos. Eso nos indignó, y no hicimos el recorrido.

–¿Ustedes sabían que Ana militaba en la JUP?

–No sabíamos. El que militaba más activamente era Freddy. La última vez que los vimos fue el 26 de noviembre. Los dos estuvieron 15 días estudiando en Villa Dolores. Una noche mi padre y Freddy hablaron de política. Recuerdo que mi padre le decía que cuidara a Lila, que se cuidara él, que no eran tiempos para andar en política o andar exponiéndose. Freddy contestaba que era sólo militancia universitaria, que no pasaba nada. Con el tiempo comprendí que mi papá tenía miedo en serio.

Aquel 26 de noviembre Lila se fue de su casa anunciando que no volvería para su cumpleaños número 21, que sería el 10 de diciembre. Dijo que volvería recién para su fiesta de compromiso, el 26 de diciembre. Lila, la coqueta, pensaba usar un vestido blanco, corto, con florcitas rosas y anaranjadas, que una tía modista estaba diseñando para ella. Ana guarda ese vestido como recuerdo.

–¿Qué sentiste cuando te llamaron para avisarte que la habían encontrado?

–Se me vino una sensación tremenda a la cabeza. Por un lado se siente mucho alivio. Pero también sentí un dolor inmenso por los que no están. Mi padre con tres ACV se murió llamándola; mi abuela murió de tristeza; mi mamá se fue aferrada a un pañuelo de Lila. Eso fue lo más duro. Porque pasaron 39 años. En ese tiempo vi disolverse el matrimonio de mis padres, vi su tristeza, su enfermedad, vi que siguieron compartiendo fiestas, cumpleaños, casamientos, pero no estaban completos, no volvimos a ser la familia que éramos. Mi mamá tenía 42 años. O sea que yo soy más grande que ella en ese momento. Me imagino como madre todo ese dolor, y ahora que me dijeron que podemos recuperar sus restos ellos ya no están. Eran los más desesperados, los que querían enterrarla, tener la certeza de lo que había pasado. Porque siempre supimos que estaba muerta, pero el horror de saber lo que hicieron con ella me causa más tristeza. Saber que la enterraron en un lugar, que la sacaron y que la quisieron quemar, todo eso es otro horror.
 

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