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Infojus Noticias

19-4-2014|10:07|Desaparecidos Nacionales
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"Padres de Plaza de Mayo. Memorias de una lucha silenciosa". Editorial Marea, 2014.

Historias de los Padres de la Plaza de Mayo en primera persona

Detrás de la cara visible de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, hubo hombres que también sufrieron la desaparición de sus hijos y apoyaron la lucha por conocer la verdad y reclamar justicia. La escritora Eva Eisenstaedt presenta en este libro el testimonio de doce de aquellos padres. Infojus Noticias reproduce aquí parte de la historia de Oscar Hueravilo Curihuinca.

  • Oscar Hueravilo Curihuinca con su nieto Oscar Emiliano
Por: Infojus Noticias

“Yo vivo lejos”, me dijo Oscar por teléfono. “Vengo de La Plata. Pero esta no me la pierdo. Quiero que se sepa toda la historia, toda la verdad. Encontrémonos en Callao y Corrientes, por favor, a la vuelta de Familiares de Detenidos-Desaparecidos por Razones Políticas. Allí voy todas las semanas”.

Soy un mapuche puro, oriundo de Temuco, provincia de Cautín, Chile. Y vale como presentación, soy hijo de un sindicalistametido en política que defendía la comunidad a muerte. (...)

Mi hijo hizo la primaria, la secundaria y la universidad aquí en Buenos Aires. Se puso a estudiar Derecho porque quería ser abogado. Pero se vino el golpe militar. Oscar Lautaro y mi nuera, Mirta Mónica Alonso, se casaron el 19 de julio de 1976. Militaban en el partido comunista de la juventud. Él, un lindo morocho, era secretario, y ella se desempañaba como secretaria de prensa del comité central de capital.

Mirta provenía de una familia de clase media fuerte, de buen techo, buen libro, buen alimento, buena ropa, buenas vacaciones.

Era rubia natural, de ojos verde-mar como el Pacífico, superinteligente. Enseñaba francés, inglés, italiano. Yo la quería mucho.

Los padres tenían negocio y les iba muy bien. Los abuelos y la mamá eran españoles, ¡franquistas! ¡Qué contra! El padre toleraba la militancia de los chicos pero la madre y la abuela odiaban el comunismo.

Pues bien, Mirta estaba embarazada de seis meses.

Era una noche fría, el 19 de mayo de 1977, cuando muere don Aurelio, el abuelo a quien ella adoraba. En eso, llegan unos tipos al velatorio, suben a la planta alta, preguntan por ella con la excusa de que el marido había sido asaltado y la intiman a bajar; pese a que el padre le advierte que no lo haga, ella baja y se la llevan para siempre. En una palabra, la secuestran.

Nosotros habíamos ido al velatorio por cortesía, como marxistas revolucionarios para solidarizarnos de buena forma, a conciencia, no por obligación. Mi hijo también había ido pero luego decidió irse a su casa a dormir. Parece que lo pararon en Palermo y se fueron derechito a su departamento. Apenas alcanzó a sacarse la campera, los documentos, la billetera. Los tipos le dieron vuelta todo buscando armas: el ropero, la cama.

La desgracia fue que un amigo le había pedido unos días antes que le guardara unas metralletas y revólveres porque se había peleado con su mujer y temía que ella lo denunciara. La consigna fue: “Hasta que pase la tormenta”. Pensaron que Oscar era guerrillero. Así que cerraron el departamento y desde entonces, nunca más.

Primero pensamos que se los habrían llevado a la ESMA. Pero a partir de toda la investigación que se hizo, de las denuncias al Vaticano, a Naciones Unidas, de la investigación de los abogados del partido comunista, de la Liga por los Derechos del Hombre, sabemos que ella tuvo el bebé y se lo sacaron a los veintidós días para el “traslado”. Seguro que para fusilarla. La historia que sigue es larga y muy increíble.

Siempre escuchábamos la radio, a veces a Ariel Delgado en Radio Colonia para tener datos más precisos. Todos los días eran tristes, no había nunca noticias buenas.

Resulta que una noche, el 13 de diciembre de 1977, unos amigos escucharon por radio que en la entrada de la ex Casa Cuna Pedro Elizalde, en el barrio de Constitución, una madre había abandonado a su bebé en el umbral de la entrada del hospital.

El niño aparentemente tenía cuatro meses y en la manito llevaba su nombre.

Estos amigos vinieron a golpear la puerta después de la hora en que los militantes, por seguridad, ya no solían salir de casa. Ellos querían informarnos personalmente lo que habían escuchado –con todas las dudas del caso– justo un día en que ni “la Pequeña” (mi mujer) ni yo, habíamos estado atentos a la radio, ambos por razones de trabajo.

Estábamos descansando, ya habíamos comido y los golpes en la puerta se hacían cada vez más intensos. Nos preguntamos si serían fachos, si me venían a secuestrar a mí. Estábamos curtidos, pero al final abrimos.

Nos traían la noticia de un bebé abandonado. ¿Sería nuestro nieto? Fuimos al hospital a la mañana siguiente. Hablamos con la directora. “De ninguna manera puedo hacer algo; esto está bajo la órbita de un juez”. Nos fuimos decepcionados, sin saber y con una inmensa tristeza. Al día siguiente lo leímos en los diarios: “Apareció el hijo de un desaparecido”. Volvimos con nuestra desesperación, necesitábamos saber, sacarnos la duda.

Nuevamente nos negaron la posibilidad de ver a la criatura. “Vuelvan mañana, lo tiene que resolver la jueza doctora Servini de Cubría”.Fueron tres días desesperantes. Entonces nos dejaron ver al niño. Era grandecito y la enfermera lo traía mientra pataleaba, lloraba. De su manito colgaba el nombre: Emiliano Lautaro Hueravilo Alonso.

La Pequeñalo tomó en sus brazos y lo abrazó fuertemente. El bebé no la largó nunca más. ¡Nos habían entregado a nuestro nieto!

Averiguamos quién lo había dejado. Aparentemente una mujer que lo había tenido de buena fe y cuidado todo ese tiempo. No estaba muy claro.

A pesar de tanto dolor tuvimos la fuerza moral y humana para darle a nuestro nieto alimento y educación. Los amigos le traían las cosas más ricas, la ropita más linda, los juguetes más hermosos.

Después fue al jardín, siguió la escuela y ya de grande un amigo le recomendó estudiar enfermería para tener una profesión y poder defenderse en la vida. Se recibió y trabajó en el Hospital de Niños de La Plata. Se casó pero el matrimonio duró solamente ocho años. Eso nos dio mucha pena porque ya tenían a Lara. De todos modos, nosotros la vemos cada fin de semana.

Cuando se separó le ofrecí su dormitorio pero prefirió alquilarse un lugar. Es un muchacho muy luchador, dirigente de la agrupación HIJOS.

Ahora hace un tiempo que está con otra chica y seremos bisabuelos nuevamente de otra nena que se llamará Sofía. A veces la Pequeña me reclama que no hablo de nuestro hijo ni de Mirta, pero yo le respondo siempre que hemos tenido la suerte de poder recuperar y criar a nuestro nieto Emiliano; tenemos bisnieta y pronto otra… ¡No pidas más! Aunque esto no significa que haya que olvidar.

Oscar Emiliano Lautaro Hueravilo fue secuestrado en su departamento del barrio de Palermo a la edad de veintidós años por la Armada Argentina el 19 de mayo de 1977 y trasladado a la ESMA.

Mirta Mónica Alonso Blanco fue secuestrada a la edad de veintitrés años, el 19 de mayo 1977, en el velatorio de su abuelo.

Era docente. Dio a luz a un varón en la ESMA asistida por el médico Jorge Luis Magnasco. Amamantó a su bebé durante veintidós días hasta que la “trasladaron”. El bebé fue recuperado el 13 de diciembre de 1977 en la ex Casa Cuna Pedro Elizalde de Buenos Aires. La pareja sigue desaparecida desde entonces.

El 18 de marzo de 2013 amigos y familiares colocaron una baldosa recordatoria en el lugar donde habían vivido, en el barrio de Palermo.

Emiliano Lautaro, nieto criado por Oscar, es caso testigo nacido en la ESMA y declaró en la Megacausa. En el año 2002 viajó por primera vez a España para conocer y conversar con la partera que participó de su nacimiento. Ese mismo año viajó por segunda vez para declarar por el Plan Cóndor ante el ex juez de Instrucción Baltasar Garzón.

Hizo la presentación en la causa contra Scilingo por los vuelos de la muerte y por el plan sistemático de robo de bebés.

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