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7-9-2013|7:55|Libros Nacionales
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La mujer que lucha por todas las mujeres (Aguilar)

Anticipo: Susana Trimarco, la intimidad de una lucha

Un adelanto del libro de Soledad Vallejos. "Trimarco" cuenta cómo cambió la vida de la madre de Marita Verón desde que su hija fue secuestrada por una red de trata. La transformación de una mujer que se convirtió en un símbolo y en la voz de una tragedia colectiva.

Por: Soledad Vallejos

INTRODUCCIÓN

El año había sido intenso. Tanto. Estaba acostumbrada a pelear contra muros de cemento y de alguna manera —por fin— parecían comenzar a ceder. Los meses se habían sucedido sin darle tiempo a preguntarse qué estaba pasando, cómo era posible. A principios de 2007, la Secretaria de Estado norteamericana, Condoleezza Rice, le había entregado un premio en Washington.  Después, la oleada: la mano tendida del gobierno nacional; reconocimientos y distinciones por toda la Argentina, donde los despachos finalmente parecían abrirse; los primeros debates por una ley federal contra la trata de personas; la inauguración de la fundación con el nombre de su hija, en pleno centro de San Miguel de Tucumán.
Tenía 53 años; una nieta de 8; un hijo de 30; un marido de toda la vida, de quien cada día se alejaba  un poco más.

Llevaba  cinco años sin ver a su hija.

Era una noche de fines del año. En Tucumán hacía calor. Susana Trimarco volvía de Buenos Aires, donde había sido fotografiada por la revista Gente como uno de los “personajes del año”, para su tradicional tapa de diciembre. Estaba sentada en el despacho de los abogados, que la rodeaban junto con las asistentes sociales, la vecina que la ayudaba, todo el equipo de la Fundación; no había más de diez personas.

Susana contaba pormenores del viaje. Decía que habían tomado la gran foto en el hotel Alvear; que el periodista tucumano que la acompañó había sido muy amable; que había una grada en un salón y allí los iban ubicando. Que estaban las divas: Susana Giménez, Mirtha Legrand, Moria Casán. También,  Rosa Roisinblit, de Abuelas de Plaza de Mayo, el periodista Víctor Hugo Morales, el conductor Marcelo Tinelli. Eran 121 personas, a cual más famosa. Y ella, allí. Recordó que, cuando la nombraron, todas esas celebridades aplaudieron.

Susana calló. Miró a la abogada María Rosa Ponce. Era una mujer hecha y derecha; la conocía desde que era una nena  y se hacía amiga inseparable de su hija, Marita Verón. Le dijo:

—Me han empezado a aplaudir, Rosita. Y yo pensaba: “Me aplauden porque no la tengo a mi hija. Por eso me aplauden”.

Entonces lloró.

CAPITULO 1: Marilín

Era tan linda que su abuela la veía y pensaba en Marilyn Monroe.  La nena tenía la nariz respingada, el talle mínimo, la sonrisa idéntica. A mediados de la década del 60, cuando entraba en la adolescencia, la pequeña Susana era la viva imagen de la actriz del momento, aun morocha, aun chiquita, aun en un pueblito del interior de la provincia de Tucumán sin municipalidad.

¿Cómo no honrar el parecido? Desde entonces, puertas adentro, nadie la llamó por ninguno  de sus nombres: ni Sara ni Susana del Valle; a la primera nieta del patriarca de Bella Vista todo el mundo la conoció como “la Marilín”. Todavía hoy, quienes la tratan desde siempre la refieren así; recurren  al “Susana” solo ante desconocidos. Tienen mucho más cuidado si alrededor hay periodistas.

En Bella Vista es diferente. A 30 kilómetros de San Miguel de Tucumán, Sara Susana del Valle Trimarco es Marilín, su tío Rafael es Pocho, y su casa, la de siempre. En ese pueblo nacido a la vera del ingenio que le marcaba los ritmos (la sirena, la chimenea humeante,  el club), cualquiera conoce el camino hasta el caserón escondido detrás de muros color ceibo.

Hace décadas, Francisco Ernesto Trimarco, nacido en una humilde familia patriarcal de inmigrantes, revirtió su suerte y su historia: fundó un clan matriarcal donde hermanas, tías, sobrinas, primas, hijas aprendieron a tejer hilos invisibles, únicos, que hoy son a prueba de todo.

LA CASA GRANDE

El santiagueño  Francisco Ernesto  Trimarco era un morocho alto y buenmozo,  hijo de un napolitano  y una criolla. Cuando ser sportsman era berretín de niño bien, jugaba al fútbol, boxeaba, corría. No tenía el dinero ni la familia acomodada, pero le sobraban inteligencia y capacidad de trabajo. Había pisado Bella Vista por casualidad: desde Santiago del Estero, llegó con su club para disputar un partido  de fútbol contra los locales del Club Manuel García Fernández  y Tulio, como se llamaba en homenaje a los propietarios  de la Compañía  Azucarera del lugar. Cayó tan simpático, jugó tan bien, que semanas después se instaló en ese caserío pujante al sur de la capital provincial. Los García Fernández,  dueños del ingenio que dio nombre  y vida al pueblo, lo habían contratado. Se fue quedando. Repartía el tiempo entre el trabajo como carpintero dentro del ingenio y los entrenamientos en el club que hacían más llevadera la vida de él y de todos: los obreros permanentes de la fábrica, los cañeros que trabajaban los surcos, los administrativos, sus familias.

Hoy son doce mil personas, una vía muerta, dos estaciones de ferrocarril  fantasma —la del centro  del pueblo y la de la mansión deshabitada ante el ingenio—, un pequeño  alboroto de puestos callejeros que al final de la siesta ofrecen tortillas al rescoldo en la avenida principal. A veces, el ahora Club Sportivo organiza grandes bailes populares animados por figuras de la cumbia. Al despuntar los años 30, la ebullición era permanente y todo era posible. Entonces pasó lo imposible: Trimarco terminó enamorado  de la hermana  de su amigo Enrique,  quien al final de cada partido lo llevaba a su casa. María Susana Bounnar era bella y tenía cinco años más que él. Descendía  de un alemán alto y severo que, de cierta forma, se había hecho la América trabajando  en colaboración  con los dueños del ingenio y desconfiaba del santiagueño. Por santiagueño y por pobre. Triunfó el amor. En 1933 nació el primogénito de la pareja, Orlando, quien veintiún años después se convertiría en padre de Susana. En 1935 llegarían Rafael, histórico militante  del sindicalismo peronista tucumano a quien todo el mundo conoce como “Pocho”, y su mellizo, que no alcanzaría a cumplir 10 años. La familia se amplió dos veces más: en 1938, con Luis, y en 1943, con Hugo Alberto, a quien el cariño de la vida cotidiana rebautizaría como “Bubu”.

Francisco había sido educado en un colegio de curas riguroso que fomentaba oficios para un mundo rural que estaba por explotar y a punto de volverse industrial. La experiencia le había servido para no querer acercarse a las iglesias más que lo inevitable, pero también para saber que nada del trabajo manual le era ajeno.

Por definición, la actividad azucarera es estacional: la caña se cosecha entre principios del otoño y fines de la primavera; se procesa el resto del año. La zafra llenaba el pueblo de trabajadores golondrina,  que buscaban vacante en el Bella Vista, famoso por la benevolencia  de sus patrones,  que ejercían lo que llamaban “capitalismo cristiano”. El resto del año, la sirena anunciaba los cambios de turno; el humo significaba que la molienda convertía la caña en azúcar, pero también que la industria emplearía solamente a los obreros estables. Los vaivenes de las temporadas  no permitían  crecer. Visionario, el patriarca Trimarco convenció a sus patrones  para que lo apoyaran con dinero para maquinaria y algo de tierra.

Francisco compró tres parcelas, una al lado de la otra, casi una manzana a una cuadra de la vía del tren. Armó un gran taller de carpintería  industrial para abastecer al ingenio de Bella Vista, pero también al del Sur y a La Fronterita. También recibía algunos pedidos de la Compañía Tucumana de Fósforos. A unos metros de distancia, un tinglado servía de depósito. En la tierra que quedaba, levantó la Casa Grande. Trabajaba de sol a sol.

Cuando  les llegó la adultez, la respuesta para los hijos de Francisco, como para casi todos en el pueblo, fue el ingenio. Orlando  se encargaba de la administración. Todos los días hacía el mismo camino; todas las mañanas pasaba por la esquina donde vivían los Quesada. Eran cañeros importantes, dueños de grandes extensiones de tierra, pero a Orlando  solo le importaba  la muchacha que asomaba a la ventana a la hora en que él recorría esa cuadra. Antonia Manuela

Quesada tenía la piel pálida, los ojos negros y una belleza tan avasallante que había sido Reina de la Caña de Azúcar. Durante meses, se festejaron de ojito: pintón él, hermosa ella, admirándose a distancia, halagándose con algún gesto, imaginando oportunidades para que las familias se encontraran y así poder, al menos, estar cerca sin habladurías. No pasó mucho tiempo hasta que se casaron.

Sara Susana del Valle Trimarco nació en la Casa Grande el 25 de mayo de 1954. Fue la primera  hija del matrimonio, la primera  nieta, la primera  niña en una familia que puertas afuera parecía dominada  por varones, pero que, en realidad, era regida con mano firme por la matrona Bounnar: la abuela de Susana había tenido la última palabra sobre el matrimonio de su primogénito, la tendría  sobre los siguientes y sobre el día a día de la Casa Grande. Nadie salía ni entraba sin que ella lo supiera; ninguno  de sus hijos podía hablar con amigos que ella no aprobara, ni salir a pasear en un momento cualquiera y porque  sí. Para despuntar  el vicio del fútbol en un potrero cercano, los muchachos, ya hombres, no tenían otra opción que escapar a la hora de la siesta. Si alguno osaba coquetear  con alguna muchacha que le disgustaba, no lo dudaba:

—Decile a la chiquita esa que no venga más por acá —advertía.

A veces le hacían caso. A veces no.

Tan rigurosos eran los veredictos de la matrona que su hijo Pocho, que se había salvado del servicio militar obligatorio  en el sorteo, fue hasta el cuartel y rogó: quería hacer la colimba. Se desesperaba por ver al menos algo de mundo; el ejército era la única solución para un joven de 20 años que no pretendía abandonar  su hogar, pero sí saber qué había más allá.

Todo cuanto conocía eran los potreros  de Bella Vista, la mesa larga en los almuerzos de la Casa Grande, las tardes somnolientas del pueblo. Encontró sorpresas. Su vida como conscripto  en San Miguel de Tucumán coincidió con la irrupción  de la Revolución Libertadora. Le tocó cuidar a presos políticos, peronistas, como él; a escondidas, les llevaba cigarrillos, alguna golosina, les daba charla para aliviarles el encierro. Todo lo callaba cuando volvía a Bella Vista a pasar algún franco, aunque su padre y sus hermanos lo sospechaban de solo verlo. Teresita, segunda hija de Orlando, nació en 1956, rodeada de ese clima. Era rubia como un sol. Pocho la acunó cuando tenía minutos de vida.

Hoy la estación del pueblo está cerrada; parte de las vías, desmanteladas. Pero en 1958 el tren de pasajeros llegaba todavía a Bella Vista. Orlando  y Antonia regresaban de unas vacaciones con las nenas. Habían  subido en Buenos Aires, llegado a San Miguel y tomado  el ramal que se internaba en el sur de Tucumán. Esa noche, en el andén esperaban  el hermano  de Antonia, también el ya ex conscripto Pocho, por entonces  de
24 años, y su mujer Paulina, una chica pizpireta  y atractiva que lo engatusó diciendo que tenía 18 cuando apenas había cumplido  los 14. El tren  se detuvo. Entonces  la pareja más bella del pueblo bajó con las dos niñas: Antonia dejó a Marilín en brazos de Paulina; el hermano  de Antonia tomó a Teresita; los Trimarco y los Quesada caminaron en sentidos contrarios. Orlando  y Antonia acababan de separarse; en la separación, se habían repartido  a las chicas.

Quienes la conocen dicen que Susana Trimarco nunca entendió esa decisión de su madre. Tampoco pudo perdonarle que, semanas después, su abuelo Quesada sellara un pacto con su abuelo Trimarco. Los Quesada no podían conservar ni siquiera a una de las niñas. El pueblo ya murmuraba lo suficiente sobre Antonia, luego de la separación. Si Teresita se criaba con los Quesada, las habladurías la perseguirían de por vida. También, para preservarla, renunciaban  a estar cerca de Marilín.

Las niñas debían criarse bajo el ala de Francisco Trimarco, o mejor dicho, bajo la mirada de la matrona  Bounnar. Antonia y su belleza también  fueron expulsadas duramente de la casa Quesada. En 1958 una mujer que se separaba de su marido era todo menos una persona respetable; no la querían allí. Avergonzada, despreciada, Antonia debió irse lejos, a la ciudad, donde eventualmente formó otra familia, en gran parte gracias a que nadie la conocía ni podía juzgarla por su pasado. Orlando  también partió, pero a otra parte del pueblo; con los años, también volvería a encontrar el amor, primero  en Marta  y luego, ya mayor, en Betty; con ambas tuvo hijos.

Las chicas crecían. El rigor de la abuela María Susana era la garantía más incuestionable  de su pureza. En sus vidas no había segundo que desaprovechar: por la mañana, viajaban hasta el centro de la ciudad para ir al Instituto San Miguel, en la calle Monteagudo; en lo posible, el propio Francisco debía llevarlas y luego buscarlas. Almorzaban en familia. Por las tardes, al cabo de la siesta, correspondían las labores fundamentales  para toda mujercita: crochet, costura, cocina, nociones básicas de economía doméstica. Los domingos, la misa en la pequeña capilla de San José, patrón  de los carpinteros,  pero también  de Bella Vista.

¿Salir a la calle porque sí? De ninguna manera.

—Cada chancho en su rancho. Ustedes no se juntan con la chusma.

Francisco era lo que su familia consideraba un hombre público. Su influencia crecía: director técnico del equipo de fútbol del Club —que en la provincia todavía gozaba del prestigio que le había valido el mote de “los millonarios del Sur”—, profesor de boxeo para quien quisiera aprender, atleta amateur capaz de madrugar  solo por ir a correr al alba, también empezaba a ser considerado  figura política. Su generosidad  era bien conocida por los pobres de Bella Vista. Don Francisco era amable, atento, comprensivo  hasta el punto de entender que la muerte  era suficiente pena para los humildes con vidas dedicadas al trabajo: para aliviarles la desgracia, si se lo pedían, regalaba el ataúd. Era lo que podía.

En la Argentina, el clima político se enrarecía. Los conflictos se intensificaban: la resistencia peronista  bullía por debajo de un manto de proscripciones  y palabras prohibidas. En Tucumán, o mejor dicho, en el noroeste argentino, Bella Vista se convertía no tan silenciosamente  en el epicentro  de la organización sindical. La Federación  Obrera  de Trabajadores de la Industria  Azucarera (FOTIA) se había conformado  al calor del primer peronismo; el primero  de sus secretarios generales había sido del pueblo. Y no casualmente ese mismo pueblo se convirtió en corazón de la resistencia obrera cuando la Revolución Libertadora comenzó a desplegar planes para reconvertir la estructura  productiva  de la provincia y buscó desmantelar la industria azucarera. A la huelga histórica de 1959 siguieron las movilizaciones para oponerse  a los cierres de ingenios en
1963 y también la adhesión a los planes de lucha avalados por la Confederación General  del Trabajo (CGT).

A mediados de los 60, el dirigente Atilio Santillán encabezó en Tucumán la corriente  que reivindicaba el peronismo  con Perón —aún en el exilio—, en abierta oposición al sindicalismo que avalaba los intentos de Augusto Vandor para convertirse en nuevo líder del movimiento obrero argentino. Santillán era de Bella Vista, se había afiliado a FOTIA por ser fresador de la Compañía Azucarera, que los García Fernández  fueron obligados a malvender en 1965. Había cursado la primaria con Orlando Trimarco y cumplido el servicio militar con Pocho, de quien se había hecho amigo. Tan bien se llevaba con el segundo de los Trimarco que lo había entusiasmado  para dejar la tarea en el ingenio y acompañarlo  en FOTIA. A Pocho, aburrido  de la monotonía, no le había costado nada dejar la rutina fabril para convertirse en chofer del dirigente  sindical.

Desde las ventanas de la Casa Grande  se veía el ingenio. Era una masa no tan lejana que humeaba y angustiaba fantasías infantiles con la leyenda tucumana por excelencia: El Familiar, mezcla de espíritu y animal fantástico aterrador;  ser con el que el patrón  de todo ingenio estaba obligado a pactar si quería una buena zafra. A cambio de salvarlo de la ruina, El Familiar reclamaba como prenda la vida de un cañero al menos una vez al año. Por eso —dicen— en los surcos desaparecían obreros. Al caer las noches, los chicos se asustaban con la sola idea de su existencia. Los días eran más amables, con los cerros a lo lejos, el sol y los campos verdes desparramados alrededor de las casas. El pueblo era pequeño. Todos conocían las vidas de todos.


En diciembre de 1965, un obrero  fue asesinado en la entrada del ingenio; la muerte  desató lo que la revista Primera Plana definió como “la más formidable revuelta obrera que haya presenciado  la Argentina desde la Semana Trágica de 1919”.

1. La situación en la provincia era dramática. Un estudio de la Universidad Nacional de Tucumán aseguraba que “en la región azucarera el 56 por ciento de los chicos no iba a la escuela y trabajaba hasta quince horas diarias en la zafra, que el 63 por ciento de los padres era analfabeto y que en el 72 por ciento de las familias no se tomaba leche”. Además, circulaba un rumor aterrador:  “Los ingenios serían cerrados durante  los meses de verano, por lo que no habría trabajo ni siquiera para el personal permanente, y se postergaría el comienzo de la siembra, porque todavía quedaba caña sin moler de la zafra anterior”.
2. Al año siguiente, cuando el golpe militar de la Revolución Argentina ya había arreciado, el presidente de facto Juan Carlos Onganía  aprovechó el Día de la Independencia para visitar la provincia y prometer “prontas medidas de fondo” que, según recogió la prensa local, convertirían  al Jardín de la República en “un moderno  polo de desarrollo  industrial”.
3.  El anuncio se tradujo en el “Operativo  Tucumán”: siete ingenios fueron intervenidos  y desmantelados  de inmediato;  otros resultaron ocupados militarmente, entre ellos el de Bella Vista. Para que el malestar social no creciera hasta el punto  de envenenar  el alma del pueblo, a sabiendas de que más temprano que tarde el gobierno  militar lo despojaría del cargo de responsable por la Comuna Rural, el patriarca Francisco hizo construir las gradas del Sportivo que aún hoy pueden verse. Lo hizo justo a tiempo. Tal como había previsto, poco después fue obligado a abandonar la administración  pública.

La organización  obrera no pudo evitar ese período de incertidumbre y oscuridad, pero, según recuerda Pocho Trimarco, “el pueblo peleó por la fuente de trabajo”, el alma misma de Bella Vista. Pocho tiene 77, en unos meses cumplirá 78 años. Tiene la mirada chispeante, la memoria fresca. El segundo hijo de Francisco Trimarco habla con el entusiasmo de quien quiere que las palabras lo cuenten  todo y más. Habla de la época en que FOTIA organizaba el Plan de Lucha Azucarera Nacional. Además de redes solidarias, el Plan incluía manifestaciones, concentraciones  capaces de aunar a los trabajadores  de distintas regiones. El 12 de enero de 1967, aun antes de que empezara el acto, una convocatoria  en Bella Vista terminó  en represión. Hilda Guerrero de Molina, esposa de un obrero despedido del ingenio de Santa Lucía, murió por un balazo policial.

Pocho dice que pelear para que el ingenio reabriera costó. “¡Pero usted no sabe lo que costó! Con gomeras peleábamos con la policía, con el ejército, con todos nos enfrentamos. Y cuando nos agarramos, a trompadas  y a patadas, a lo que sea, las mujeres ayudaban. Salíamos todas las familias. Las mujeres los sacaban a los chicos, los ponían adelante, para que no nos garrotien más”.

Cae la tarde de un sábado de 2013 en Bella Vista.

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